En el corazón del Krumkachy (In the heart of Krumkachy)

En el corazón del Krumkachy (In the heart of Krumkachy)

Bruno Bergareche
ES
01.03.2017

Bajé al vestíbulo de mi hotel en la periferia de Minsk a la hora indicada. Junto a mi inseparable intérprete, Andrey, la tarea era discernir quién era Evgeniy Kostyukevich, el tercer portero del FK Krumkachy con quien habíamos quedado a través de uno de los fundadores del club.

Conocía su historia por encima pero no su rostro, aunque esto no fue un impedimento porque los porteros no pueden ocultar su oficio por muy vestidos de ciudadanos corrientes que vayan. Me acerco al gigantón bielorruso e inmediatamente siento complejo de mis manos al apretar la suya para saludarle. Su aspecto no puede ser más soviético pero pronto descubro una sonrisa perenne y una expresividad que rompen con la frialdad de una sociedad amable pero reservada. La primera pregunta es suya y no mía: "¿Qué narices hacéis unos periodistas españoles en Bielorrusia entrevistándome a mí?". Pues más bien fue una casualidad. La finalidad del viaje era contar la historia del ya mencionado FK Krumkachy, un club que nació en el foro de Internet del periódico deportivo más importante del país. Ahí se conocieron tres aficionados al fútbol que decidieron montar un equipo por pura diversión y apuntarse a la tercera y última división nacional. Ganaron, ganaron y ganaron hasta llegar a primera. El cuento suena a déjà vu pero la verdadera hazaña de este conjunto es haberlo logrado siendo el único club privado que no recibe financiación estatal en un país sometido a más de 20 años de férreo gobierno por parte del hombre al que muchos tildan como el último dictador de Europa, Aleksandr Lukashenko. Ahora es más que un simple club de fútbol, es un vehículo que ha prendido un movimiento aperturista hacia el cambio en un estado que poco se ha alejado de su pasado soviético. "Es difícil explicárselo a una persona de fuera. Es un estado del alma, está en el interior. No sé expresarlo, el club es también un estilo de vida y un estímulo para avanzar y seguir adelante", nos cuenta Evgeniy. Los caminos de Kostyukevich y el FK Krumkachy se cruzaron hace un par de años pero antes de eso el guardameta vivió una aventura kafkiana que le llevó por la dirección más inimaginable posible.

GUANTES Y LATIDOS

Evgeniy nació hace 27 años en Zhodino, una pequeña localidad ubicada a unos 50 kilómetros al noreste de Minsk donde uno de cada seis ciudadanos acaba trabajando en la fábrica de automóviles BelAz. No es fácil escapar de este pueblo que sirve de paso en la autopista que une las fronteras con Polonia y Rusia; de hecho, Kostyukevich reconoce que nunca ha visto el mar. En cambio, sí logró evitar el destino industrial que le tocaba por estadística, y fue gracias al fútbol. "Al igual que todos los niños, empecé a jugar al fútbol en el colegio. En mi opinión nunca destaqué pero un día me llamaron para ir a hacer una prueba con el CSKA de Moscú. Alguien debió de hablar bien de mí o tuve la suerte de gustarle a algún ojeador pero yo pensaba que me estaban gastando una broma", comenta entre risas. Desempolvó el pasaporte en el verano de 2008 y lo empleó por primera vez para cruzar la frontera y comprobar que no era el objeto de ninguna burla. Estuvo a prueba tres semanas en el club moscovita y llegó el momento decisivo. "Entrené con el filial y el primer equipo, fue impresionante compartir el campo con estrellas como Vagner Love o varios de los integrantes de la selección rusa que acababa de alcanzar las semifinales de la Eurocopa. Me salió todo bien aquellas semanas, no sé de dónde saqué ese nivel, pero me sentía imparable. Me ofrecieron un contrato pero antes de firmarlo debía superar el reconocimiento médico. Lo suspendí por una anomalía cardíaca… No me lo podía creer. Me gasté muchísimo dinero yendo a distintas clínicas para que me lo confirmasen y lo que recibí fueron tres diagnósticos impronunciables según los cuales no podía ni saltar al terreno de juego. Podía llevar a cabo una vida normal pero no jugar al fútbol profesional. Hice las maletas y me fui a casa", recuerda con dolor.

Así de abrupto e insospechado. A contrapié y sentenciado por un documento médico, Kostyukevich se topó con ese interrogante monumental que visita a tantos jóvenes que han visto cómo se evaporan sus sueños de ser futbolista: '¿Y ahora qué demonios hago?'. La primera reacción fue la natural, la de mantener viva en un rincón del alma la fe de que la ciencia se puede equivocar y no es el final. Por eso se mantuvo ligado al balón como jardinero en su club local, el Torpedo Zhodino. "Me dedicaba al mantenimiento de los campos de entrenamiento. Ahora sé perfectamente cómo cultivar la hierba, cómo cuidarla, qué necesita, qué ingredientes hay que añadir según la temporada que sea. Estuve así un año y medio y me harté porque tenía que soportar ver a los jugadores entrenando y me agobiaba". El primer intento de reinsertarse en la vida cotidiana no fructificó. Quizás la respuesta estaba en alejarse completamente del fútbol. "Me llamó un día un amigo, estaba un poco bebido, y me dijo que se podía ganar dinero filmando bodas en Rusia. Yo le respondí: 'Pero no tenemos ni idea de hacer eso, ¿cómo piensas hacerlo?'. Y me contestó: 'Pues vamos y aprendemos'. Vino a mi casa, abrimos el mapa de Rusia, cerramos los ojos y apuntamos. Nos salió la ciudad de Kaluga, que está a unos 300 kilómetros de Moscú", suelta entre carcajadas.

Lo más probable es que se haya hastiado de contar esta historia pero la espontaneidad y frescura de su risa es capaz de engañar al que le escucha y hacerle sentir como un privilegiado que accede a una aventura jamás descubierta. Los dos amigos se marcharon a Kaluga con una idea alocada y poco más. Después de ocho horas en coche llegaron a la ciudad a orillas del río Oká y compraron todo el material necesario al precio más bajo posible para ponerse manos a la obra. "La primera noche no pudimos ni alquilar la habitación de un piso. Tuve que llamar a un tío mío militar que, a su vez, llamó a un conocido suyo para que pudiéramos alojarnos en una base militar. Dábamos de comer a los soldados, teníamos que cazar pollos y recoger patatas, era nuestra manera de pagarles. Luego encontramos un piso, poco a poco aprendimos a grabar y comenzamos a ganar dinero. Así pasamos cuatro años, de una ciudad a otra: Moscú, Smolensk, Nizhny Novgorod, Kazan y muchas más". De un huso horario a otro, recorriendo el vasto territorio ruso a golpe de 'REC' y deseando que el amor no decayera para que tampoco lo hiciera la cuenta corriente. Evgeniy y su socio no solo le pillaron el truco a aquello sino que se convirtieron en expertos. Un trabajo, sin embargo, que tenía fecha de caducidad: "Al final llegó la crisis a Rusia y ya no podíamos ganar dinero así que tuvimos que volver".

DESAFIAR EL ORDEN ESTABLECIDO

Tocaba regresar a Bielorrusia, un severo paso atrás después de aquel periplo en un país mucho más abierto y avanzado. Fue entonces cuando el fútbol volvió a llamar a las puertas del exportero y lo hizo gracias al FK Krumkachy: "Me llamaron para jugar y les dije que no podía por el tema del corazón. Entonces me propusieron ser el entrenador de porteros y acepté. El equipo ascendió esa primera temporada de tercera a segunda y encontraron a un técnico de porteros, con lo que me puse a grabar los entrenamientos y los partidos para analizarlos". Quién le habría dicho que grabar tantos 'Sí, quiero' le encaminaría de nuevo al fútbol. No solo se encargaba de filmar entrenamientos y partidos sino que también editaba videos cortos para las redes sociales del club, lo cual ha sido fundamental para atraer a una masa tan diversa de seguidores, por no decir que ha supuesto un salto gigantesco para la libertad de expresión en un país donde los periodistas siguen sin poder realizar su trabajo con seguridad. "Montábamos varios videos graciosos, hacíamos anuncios de los partidos que se iban a disputar, grabábamos los viajes para los choques de fuera de casa… Nos divertíamos muchísimo", explica. Evgeniy era feliz con su vida, había enderezado el rumbo tras deambular por tantas vicisitudes, pero el amor por el fútbol no se puede enterrar nunca; es una droga imposible de rechazar a pesar de una rehabilitación aparentemente completa. Llegó la pregunta que el corazón contesta de una manera y la cabeza de otra: "Al final de la primera vuelta de la temporada pasada les faltaba un portero y me propusieron que volviera a ponerme los guantes. No sabía qué responder pero me dijeron que me harían la ficha y que me quedaría en el banquillo, solo para emergencias, con lo que no tuve reparos en aceptar. Empecé a entrenar y a entrenar y un día salí a jugar un partido. Al final participé en 18 choques y solo encajé ocho goles. Además, ascendimos a primera". Pero, ¿y los problemas cardíacos? "Al inicio de la temporada hicimos las pruebas médicas y… ¡milagro! La doctora me examinó el corazón tres veces. Veía los resultados antiguos y los comparaba con los actuales y no se lo podía creer. Me chequeaban una y otra vez y se llevaban las manos a la cabeza. '¿Cómo es posible?', se preguntaban. Volví a ser futbolista", remata con la sonrisa más genuina de toda la charla.

Su alma futbolística estaba famélica y los guantes calmaron el dolor del hambre. El FK Krumkachy ha culminado su primera temporada en la categoría de oro del fútbol bielorruso en una cómoda undécima posición, con un colchón de ocho puntos sobre el descenso. Todo esto tan solo cinco años después de su fundación. Pero el conformismo frena cualquier posibilidad de cambio y ahora sueñan en grande. "Queremos ganar cada partido y cada torneo que jugamos. Soñamos con llegar a Europa y hacer feliz a nuestra afición. Ese es nuestro objetivo. El mío personal es no volver a sufrir problemas de salud, con eso seré feliz", concluye Kostyukevich. Con todo lo que ha vivido, habría que ser muy osado para frenarle y decirle que soñar es perder el tiempo. De su historia se pueden extraer valores universales pero en el contexto bielorruso su relato simboliza, también, que el cambio es posible. Al igual que el FK Krumkachy, ha demostrado que salirse de la línea trazada por la sociedad es la única manera de alterar el orden establecido. Me despido de Evgeniy con un abrazo y con la sensación de que acabo de salir de ver una película de Hollywood en la que te encarnas en los altibajos del personaje principal y sientes alivio al ver que, al final, una vez más todo acaba bien. La cara de Andrey, el intérprete, demuestra que no soy el único deslumbrado por la historia. Nunca dejarán de sorprenderme los guiones que este deporte es capaz de escribir.